En la añeja urbe suman más de 400 los atajos destinados al paso de personas por debajo de viviendas y otras construcciones. La inmensa mayoría de estos caminos permanecen clausurados, inaccesibles al público o simplemente borrados para siempre de los mapas.
Inscrita desde 1998 como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, Lyon tiene mucho que ofrecer, desde los vestigios de Lugdunum, capital gala bajo el imperio romano, hasta los barrios del Viejo Lyon, con su encanto renacentista, y Croix-Rousse, con su pasado de la seda. Pero los traboules-palabra típicamente lionesa derivada del latín-despiertan una particular curiosidad, tal vez porque nuestras preguntas no encuentran todas las respuestas.
Los pasadizos tuvieron en diversos momentos una gran utilidad. En sus inicios sirvieron para llegar rápido al río Saona en busca de agua potable, luego fueron usados por los trabajadores de la seda para mover los tejidos de un lado a otro de la ciudad o protegerlos de las inclemencias del tiempo, mientras que durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) ofrecieron refugio a luchadores de la resistencia francesa contra el ocupante nazi.
Una de sus características es su diversidad, algunos con altas escaleras para compensar el desnivel entre calles y otros en forma de pasillos, con adornos en sus arcos y techos.
Alrededor de la mitad de los pasajes conocidos se ubican en Viejo Lyon, como los situados en las direcciones 68 rue Saint-Jean y 10-14 rue de la Bombarde, por donde desfilan a diario turistas ávidos de escudriñar cada rincón de la otrora colonia romana, fundada en la colina de Fourvière en el año 43 a. n. e.
En Saint-Etienne, Marsella, Chambéry y otras localidades de Francia existen estructuras similares, pero con un nombre diferente, al igual que en las capitales británica y checa, Londres y Praga, respectivamente, y en la urbe austriaca de Salzburgo.
Los atractivos turísticos abundan en Lyon, pero pocos están tan ligados a su identidad e historia como los traboules.
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(Tomado de Orbe)
















