Es más, para los puristas que no soportan las versiones claras y adulteradas de esa bebida -el americano-, se hace más llevadero su eventual consumo cuando mojan la panetela en lo que algunos llaman, bondadosamente, ‘agüe’calzón’.
Aquí abunda la bollería para ‘chuponear’: pichardines, peperechas, santanecas, marquesotes y quesadillas se prestan para esta costumbre casi litúrgica, aunque muchos prefieren el salpor y la semita.
El salpor es un pequeño bizcocho hecho con harina de arroz y almendra, típico de la panadería local, difícil de tragar a secas, pero ideal para sumergirlo en una taza de café antes de cada mordida.
Se dice que el término es una contracción de ‘sal, por favor’, aunque también denota una variedad de maíz tamizado en un polvo finísimo.
A su vez, la semita es una suerte de emparedado, solo que las tapas son dos láminas de harina integral, crujientes y de mediano grosor, que apresan un almíbar de panela (raspadura), a veces mezclado con jalea de piña, y espolvoreada con azúcar.
Una peculiaridad es el diseño en forma de red de su cubierta, que la diferencia de otras recetas locales con los mismos ingredientes: harina, azúcar, manteca, levadura, huevo y sal.
Hay dos tipos de semitas en El Salvador: la pacha (más chata) y la alta (más voluminosa y sin relleno), pero ambas con el característico decorado y una considerable carga calórica.
Ya sea después de comidas o a media mañana, el salpor, la semita u otros de la bollería nacional le aportan cuerpo a la oscura infusión, pero también a quien lo consume, porque no ayudan demasiado a las dietas.
Estos dulces son añorados por la diáspora salvadoreña, aquellos ‘hermanos lejanos’ que piden un dulce pedacito de patria para aplacar la nostalgia, esa penita que solo cura el hogar.
(Tomado de Orbe)
















