El sitio abarca 34 hectáreas del municipio de Los Amates, Izabal, y recorrerlo permite viajar imaginariamente a una ciudad fundada en el margen norte del río Motagua y asistir a su máximo esplendor, entre los años 426 y 810 de nuestra era.
Cuentan esta historia -aún con muchas incógnitas- su Gran Plaza a cielo abierto (300 metros de norte a sur por 150 metros de este a oeste), junto a la Plaza Ceremonial y la Plaza del Templo, notables por la complejidad de sus construcciones, con sistemas de pirámides, terrazas y escaleras.
Otros atractivos son su serie de 12 estelas, entre ellas, la E, la más alta descubierta en Mesoamérica (10 metros de altura y 55 toneladas de peso), así como textos jeroglíficos con fechas significativas del calendario.
Las ruinas de Quiriguá son hoy un ejemplo sobresaliente y el mayor cuerpo de obras maestras del arte maya, una representación avanzada de la habilidad de sus escultores, con un estilo conocido como ‘la escuela de Motagua’, destacó la Unesco al concederle el título de Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1981.
También son reconocidas sus estructuras zoomorfas, talladas en piedra arenisca y sin el empleo de herramientas de metal, para honrar a sus gobernantes, en especial a K’ak’ Tiliw Chan Yopaat.
El Parque, además, protege un remanente de selva tropical lluviosa y funciona como una isla refugio para la flora y fauna del valle del río Motagua.
Este es precisamente uno de los desafíos más grandes para la preservación de la zona, muy vulnerable a las inundaciones, como ocurrió a finales del año pasado tras el paso de las tormentas Eta e Iota, que dejaron cuantiosos daños y obligaron a su cierre.
Después de una reconstrucción, Quiriguá reabrió sus puertas el 18 de junio último, una nueva oportunidad para que guatemaltecos y extranjeros aprecien una parte de la época clásica maya.
(Tomado de Orbe)
















