Según el libro Keith y Costa Rica, del escritor norteamericano Watt Stewart, el interés del hombre de negocios por el arte indígena nació de un afortunado accidente.
Entre las muchas plantaciones de su propiedad en la región había una de nombre Mercedes, situada en el valle del río Santa Clara, un afluente del Reventazón, que bajaba del norte.
Cuenta el autor que una noche ese lugar fue azotado por un pequeño huracán, el cual arrancó de raíz un árbol gigantesco que crecía cerca del campamento.
Cuando a la mañana siguiente los trabajadores se dedicaban a observar los daños, uno de ellos captó el brillo del oro de un objeto, incrustado en la sólida masa de tierra que se encontraba entre las raíces de la planta caída.
‘Así, con el descubrimiento de los tesoros de la Mercedes, Keith entró en su fase arqueológica y antropológica’, indica el escritor, hasta formar la colección que lleva su apellido, de más de 16 mil piezas, indudablemente la mayor de arte primitivo tico y llevada a Estados Unidos entre finales del siglo XIX e inicios del XX.
De acuerdo con el Departamento de Protección del Patrimonio de Costa Rica, la Colección Keith estuvo junta hasta 1914, año en el que una parte fue prestada al Museo Americano de Historia Natural de Nueva York y otra fue vendida o donada al Museo del Indio Americano, a la Fundación Heye y al Museo Nacional de Historia Natural del Instituto Smithsonian.
Luego de la muerte del magnate en 1929, su esposa entregó algunos objetos al Museo de Brooklyn, mientras que otros fueron comprados en 1934.
Recientemente, el Museo Nacional de Costa Rica mostró mil 305 piezas precolombinas repatriadas en el segundo y último lote del estadounidense Museo de Brooklyn, con las cuales suma bajo su tutela dos mil 286 de la Colección Keith.
La primera entrega data de 2011, cuando fueron devueltos 981 artículos. Entre los objetos en cerámica y piedra destacan una lápida de mediano tamaño, vasijas, jarrones y utensilios domésticos, tallas y esculturas de bulto de la zona sur, metates de Guanacaste y sukias del Atlántico.
La arqueóloga Leidy Bonilla, del Departamento de Protección del Patrimonio Cultural, sostuvo que esas piezas ayudarán a llenar ciertos vacíos, sobre todo en la tipología cerámica, así como en instrumentos y figuras de lítica.
(Tomado de Orbe)
















