Tal lección debía aprenderla Estados Unidos que junto con sus aliados acostumbra a emitir ese tipo de castigo para los países insubordinados a sus decretos.
El más reciente ejemplo contra los inocentes aconteció en el hospital bagdadí Ibn Al Khatib que dejó un saldo de al menos 82 muertos y 110 heridos.
Aunque esas medidas coercitivas mermaron en gran medida en mayo de 2003, tras la ocupación por una coalición liderada por Washington, 18 años de régimen impuesto por los agresores privaron de medios al Estado para cuidar a su gente.
La pandemia de la Covid-19 agravó el déficit de atención médica y confirmó que está roto el sistema.
Un toque agudo a la situación ocurrió con la explosión de un cilindro de oxígeno y causó una cadena de detonaciones con otros mal almacenados en el nosocomio capitalino.
El fuego cubrió varias áreas en un momento en que los familiares acompañaban a pacientes en la unidad de cuidados intensivos y eran vulnerables a las llamas porque la instalación carecía de alarmas.
Los extintores de incendios eran viejos y no funcionaban.
En su primera reacción, el primer ministro Mustafa Al Kadhimi despidió al titular de Salud, Hassan Mohammad Abbas, y al gobernador de Bagdad, Mohamed Jaber al Ata, aunque el hecho pone en evidencia la fragilidad de su gestión.
El sistema iraquí de atención médica, alguna vez envidia de otros países de la región, tocó fondo luego de la invasión y ocupación de 2003 por los representantes del Pentágono y sus aliados.
A partir de esa fecha, ninguno de los gobiernos instalados en Iraq logró superar la corrupción, la mala gobernanza y las divisiones confesionales que hoy pululan en el panorama nacional.
El deterioro de la salud comenzó a sentirse a partir de agosto de 1990, antes de la Guerra del Golfo de 1991, con las sanciones impuestas al gobierno iraquí por Washington.
Reportes conocidos en el Consejo de Seguridad de la ONU, daban cuenta de que aquellas medidas coercitivas estaban destruyendo las estructuras dedicadas a la atención primaria de la población.
A causa de esa política, escaseaban el cloro para purificar agua y medicamentos esenciales para enfermedades crónicas, mientras que dispositivos médicos y maquinarias fueron prohibidos o racionados.
Medio millón de niños iraquíes murieron de desnutrición y enfermedades de agosto de 1990 a 1996 como resultado de tales decisiones.
Si bien desde ese año, la situación mejoró algo, continuaron las carencias de productos esenciales, piezas de repuesto para el equipo existente y otros artículos.
El golpe de gracia aconteció con la invasión norteamericana y aliados, cuando los agresores destruyeron cualquier vestigio de infraestructura y sus acciones agravaron el daño infligido con anterioridad por las sanciones.
Atacados por todos los flancos, emigraron en masa médicos y todo personal vinculado con la salud.
La imposición por Estados Unidos de una Constitución sectaria cambió el equilibrio nacional, en tanto que los cargos directivos se asignaron sobre la base de la afiliación religiosa y no a aptitudes para desempeñarlos.
En los días que corren, Iraq sumó más de un millón de casos de la Covid-19 y casi 16 mil muertes asociadas al coronavirus, mientras los contagios suman de seis mil a ocho mil diarios.
A diferencia de Jordania o Líbano, no hay excusa alguna para Iraq, que obtiene miles de millones de dólares en ingresos petroleros, los cuales no se ven por ningún lado.
O mejor, pasaron a las arcas de una elite gobernante corrupta que comulga con Estados Unidos y aprovecha las diferencias confesionales, uno de los recursos de Washington y su aliado Israel de divide y vencerás.
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