Es cine, dirán los escépticos o acomodados al eterno panorama de rudeza en la vida colombiana después de décadas de inequidades, narcotráfico, paramilitares, guerrillas y oligopolios.
Empero, Laura Mora, que vivió en carne propia la tragedia cuando en 2002 un sicario asesinó a su padre en Medellín, intenta, no siempre con el acierto lineal, exponer el drama de los marginados, víctimas de una invisibilización en Colombia, que conviven con el país.
Inexplicable para quienes no conocen a esta hermosa nación sudamericana, brillante en su literatura con Gabriel García Márquez a la cabeza, su poesía, artes plásticas (Fernando Botero) y, naturalmente, la cinematografía.
Laura Mora, que ya sacudió sus demonios internos con Matar a Jesús (2018) al hilvanar un relato muy semejante a lo ocurrido con su padre, se lanza a otra aventura con perfiles diferentes, aunque la capital de Antioquia sea el mismo punto de partida y la violencia siga siendo el absurdo de lo inexplicable.
Sobre todo, en un territorio lleno de riquezas y con la naturaleza a sus pies, algo que desliza de modo sutil la realizadora, que con Los Reyes del Mundo conquistó recientemente la Concha de Oro en el Festival Internacional de San Sebastián.
Ganadora además de reconocimientos en Biarritz y Zurich, y candidata colombiana a los Oscar que se conocerán en 2023, el largometraje resume la historia de Rá, un chico de 19 años que no sabe leer y no tiene cómo pagar un cuarto en una pensión.
Rá es el hilo conductor, que tiene en sus manos el sueño de millones de colombianos desplazados por la violencia, recuperar el pequeño predio que le heredó a su abuela, desplazada años atrás por grupos paramilitares. Y decide ir a la conquista de esta porción de esperanza, con sus cuatro amigos, su única familia.
“Yo quiero llegar a mi tierrita con todos ustedes”, reflexiona Rá; “estamos solos todos (…) solo los quiero llevar a una parte donde estemos bien, que no nos haga falta nada, no recibamos maltrato y humillaciones, ni desprecio de nadie”.
Una bronca con machetes en plena calle de Medellín, detenida por los jefes de las bandas paisas, marca el comienzo de una historia en la cual la violencia no se esconde.
Con la banda sonora a cargo del grupo chileno de rock Los Prisioneros, la cinta fue presentada en la Casa de América de Madrid, en su 30 aniversario para cerrar un ciclo de homenaje al cine iberoamericano.
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