Su imagen en la adultez resulta imponente. Algunos ejemplares llegan a tener hasta 30 metros de altura y un diámetro cercano a los 10 metros. Dicen los ancianos que el tronco del árbol es como la sabiduría del universo, pues ninguna persona en solitario consigue abarcarla.
Para algunos, los imbondeiros o baobabs están en África desde el origen de la vida en la Tierra y como individuos pueden tener una longeva existencia -más allá de un siglo- porque en ellos habitan muchas almas y están destinados a facilitar el diálogo entre los humanos, sus difuntos y la naturaleza.
El nombre científico de la especie, Adansonia digitata, combina el apellido del explorador francés Michel Andanson, quien estudió la planta en 1749 en la isla de Soren Senegal, y la forma de las hojas, semejantes a los dedos de la mano (del latín digitus).
En Angola recibe diversas denominaciones, desde imbondeiro y baobab hasta las provenientes de las distintas lenguas nacionales: M’bondo en idioma Kimbundu y N’kondoen Kikongo. Así mismo sucede con su fruto —la múcua—, que eskonde en Kikongo, makua en Umbundo y omukua en Lunyaneka.
Por la capacidad de almacenar abundante agua en su interior, también suele llamársele árbol botella; pero el coloso es igualmente apreciado en la medicina tradicional, la elaboración de diversas comidas, artesanías, sombreros, canastas, refrescos y jugos, incluidos los de factura industrial.
Gracias a El Principito, del escritor francés Antoine de Saint-Éxupery, quizás muchos niños de Occidente supieron en el siglo XX de la existencia del espécimen gigante, cuya presencia en nuestro planeta no es una amenaza.
Todo lo proveniente del árbol representa un regalo para la vida; por ejemplo, sus hojas son ricas en calcio, hierro, proteínas y lípidos, y pueden ser usadas en infusiones para combatir diarreas, fiebres e inflamaciones.
(Tomado de Orbe)
















