Nació el 18 de agosto de 1936 en Santiago de Cuba, tierra de excelsas figuras de la cultura, el arte, la política y muchas otras manifestaciones del quehacer social en la mayor de las Antillas, quienes le han cantado a la vida, a la patria para erigirse en símbolos de la nación.
Hace poco tiempo lo vi en un reportaje televisivo y recordé nuestros encuentros con Lázaro Beltrán, padre de un destacado voleibolista de similar nombre; el charanguero Elito Revé Duvergel, el pelotero Rodolfo Puente y el púgil Rolando Garbey, su fiel amigo y discípulo.
Coincidíamos mucho antes de la Covid-19 en el restaurante capitalino La Carreta, en Santa María del Mar y en mi vivienda, lo que me permitió aquilatar al ser humano en su esencia, más allá del admirado y respetado entrenador de boxeadores y educador de multitudes, egresado como Doctor en Ciencias Pedagógicas. Previo a recordar temas hermosos de esos encuentros es imponderable expresar que en los cuatro títulos olímpicos de la recién concluida Olimpíada en los puños de Arlen López, Roniel Iglesias, Julio César la Cruz y Andy Cruz, así como en la medalla de bronce de Lázaro Álvarez,
está la impronta de Alcides Sagarra y de su equipo integrado entre otros por el maestro Sarvelio Fuentes.
En esta jornada especial del aniversario 85 de su nacimiento, no voy hablar del Héroe de la República de Cuba, ni de los múltiples campeones olímpicos, mundiales, panamericanos y regionales formados por Alcides y su equipo, sino del ser humano, del hombre estudioso que
a base de un tenso esfuerzo venció un doctorado, devino profesor titular de la Universidad del Deporte y fundó la Escuela Cubana de Boxeo.
Tampoco me refiero a su cargo en el pasado de secretario de la Comisión Científica Técnica del organismo rector del pugilismo en el orbe, ni al de otrora presidente de la Comisión de Reglas de la Confederación regional del deporte.
Apunto a ese ser humano capaz de tener palabras hermosas para su familia, la madre que no quiso verlo como púgil profesional; la esposa Ofelia Álvarez Ramos, quien le dio tres hombres y una hembra: Vitico el músico; Consuelo, la Licenciada en Cultura Física y Deportes; Alcidito, trabajador del Ministerio de Ciencia, tecnología y Medio Ambiente y Alfredito, expelotero y técnico.
Recuerdo a ese excepcional innovador que en medio de contactos informales hablaba con infinito amor de sus alumnos y colaboradores, y de su experiencia para mejorar el trabajo, como cuando nos dijo de su visita a la Escuela Nacional de Ballet para estudiar la rutina de las
pupilas y los pupilos de la prima ballerina assoluta Alicia Alonso con el objetivo de fortalecer los músculos de las piernas y mantener el equilibrio.
Ello formó parte de sus conocimientos en la fundación de la escuela boxística.
Tuvimos el privilegio de tenerlo cerca, de verlo reír con esa gracia y picaresca del santiaguero y de expresar su admiración y respeto por sus dos tricampeones olímpicos, Teófilo Stevenson y Félix Savón, a la vez que añoraba la posibilidad de tener un tetra monarca.
Bellas palabras manifestó sobre la amistad, pues para él, es lo más grande que existe, y con esa vivencia propia de persona cultivada en el accionar diario comentó que ‘ella resulta tan inmersa que su círculo es muy pequeño porque de ese lugar se sale, no se entra’.
Y al respecto puntualizaba: ‘La amistad constituye lo más grande entre las personas, símbolo de reciprocidad, comprensión y respeto. Muchas veces valoramos más una buena amistad que hasta un propio familiar.
Tengo un concepto muy elevado de la amistad. Además, recuerdo que la amistad no resiste la traición’.
Nunca hizo alusión a su labor intelectual, de la que aportó dos obras surgidas de su accionar dentro y fuera de los cuadriláteros: Alcides Sagarra: charlas entre cuerdas y Boxeo. El PDC (Período Directo a las Competencias) de la Escuela Cubana de Boxeo.
Tampoco se refirió a sus incontables méritos entre los que sobresalen la proclamación como el entrenador del siglo XX por la Asociación Internacional de Boxeo Aficionado y las múltiples condecoraciones recibidas: La Orden al Mérito, las Medallas Antero Regalado, Carlos J. Finlay, de la Solidaridad con Corea Democrática y la de los Sindicatos Soviéticos.
Un día declaró que se sentía un hombre realizado en extremo, ‘aunque –afirmó-, esa condición que puede asegurarse con plenitud de cuando uno muere o está próximo a hacerlo. Pero si tenemos en cuenta el precepto martiano de que el individuo cuando fallece pasa el tiempo y todavía da luz y aurora, creo que aún hasta después de muerto somos útiles’.
Y acotó que, ‘De no haber sido por la Revolución no habría tenido la oportunidad de hacer lo que me gusta, ver las obras que me he propuesto terminarlas. Eso también me ha sido posible porque he sido y soy constante estudiante, permanente investigador’.
Felicidades maestro tras esta larga vida de triunfo, ejemplo y consagración. Pensamos que tan excepcional exponente del movimiento deportivo cubano es alguien así como el Juan Formell de la música, la Alicia Alonso de Giselle, la Vedette Rosita Fornés en la cultura y el Eusebio Leal de la historia de Cuba.
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