La pequeña, de siete años, es una de los cientos de infantes que viven en situación de calle en Buenos Aires y también en otros lados de esta nación austral, una realidad que para muchos se ha invisibilizado, pero que, en el fondo, saben que está ahí, existe. Algunos prefieren ignorarla, otros, dolorosamente, lo ven como algo cotidiano.
El caso de Maia vuelve a sacar a la luz hoy las profundas desigualdades y los cientos de padres que viven con hijos a la intemperie, que luchan día a día algo para comer ‘cartonenado’ (recogiendo en las calles cajas para reciclar) y que en esta capital se ve mucho más.
Pero ¿qué pasó esta vez que se visibilizó el caso hasta dar con el paradero de la menor?. La fuerza de una sociedad unida. De vecinos que incluso cortaron las calles. Su madre había dado parte de su secuestro y según contó la abuela no le prestaron atención pues, víctima también de estas desigualdades, es una mujer con problemas de adiciones.
Los vecinos en las calles y cientos de cuentas de redes sociales de los argentinos pidieron por Maia. Su caso no fue indiferente para los medios informativos que dieron minuto a minuto lo que sucedía con imágenes que parecían de una película con la niña captada en cámaras junto al secuestrado por varios puntos de la ciudad.
La respuesta vino desde abajo, desde los barrios donde viven muchas Maias como ella, quienes en medio de la desconfianza del Estado salieron a acampar para que apareciera la niña.
Maia vivía en una precaria carpa con sábanas viejas cercana a la autopista Dellepiane en el barrio porteño de Villa Lugano y desde hacía un mes un hombre le daba vueltas.
Le dijo que le compraría una bicicleta y, en medio de su ingenuidad, fue tras él. Las cámaras captaron todo el recorrido del hombre en bicicleta hasta sacarla de la ciudad y llevarla a la localidad bonaerense de Luján.
Carlos Alberto Savanz, el principal sospechoso, tenía antecedentes penales, fue denunciado en mayo del año pasado por el abuso sexual de una menor de su entorno familiar. Otra liebre más que salta en una sociedad donde muchos como él son liberados y vuelven a lo mismo.
En medio de una pandemia y una economía golpeada desde antes, que arrastró a muchos más a la pobreza, el caso de Estela, la madre de Maia, y su hija, es el espejo de la miseria que golpea a miles de personas en este país.
El despliegue policíal en el caso de la búsqueda de la niña fue descomunal. Más de mil policías y helicópteros de la capital y la provincia de Buenos Aires en un rastrillaje casa por casa en Luján, el último donde las cámaras los captaron.
Fueron casi tres días tras el rastro de Maia y su captor, quien se paseó con la niña por otras dos localidades más sin levantar sospechas. Un llamado al 911 dio con su paradero. Estaba durmiendo cerca de la Estación de la Universidad de Luján. Fue encontrada en buen estado de salud pero aún la examinan para saber si fue víctima de abuso sexual.
‘Maia es una de esas tantas niñas invisibilizadas que se acercan a tu auto para venderte pañuelos o pedirte algo para comer y muchos ignoran’, apuntó en las redes sociales uno de los tantos que hoy piden políticas de Estado efectivas para que no existan más casos como este.
En rueda de prensa, el ministro bonaerense de Seguridad, Sergio Berni, declaró que lo que ha pasado en este caso ‘es una realidad que duele, golpea y nos averguenza como argentinos. Ojalá el caso de Maia no termine cuando se apaguen las cámaras de televisión’.
La historia de esta menor de edad se define muy bien en un artículo de opinión publicado en la agencia Télam por el referente social y editor de la revista barrial La Garganta Poderosa, Nacho Levy: ‘Maia no desapareció, desaparecimos nosotros’.
‘Cuando una niña se duerme debajo del puente, ahí, ante los ojos de ningún televidente, desaparece la niña, desaparecen sus sueños y desaparece un puente. Que se vuelve lecho’, dice y agrega:
‘Cuando esa niña despierta a la sombra del techo que le puso la vida, escondida bajo la alfombra de muchísimos otros, quienes empezamos a desaparecer somos nosotros’.
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