Por estrecho margen, Lula derrotó en la segunda vuelta de las elecciones del 30 de octubre al mandatario de tendencia ultraderechista Jair Bolsonaro, quien codiciaba reelegirse.
El fundador del Partido de los Trabajadores contendió por sexta ocasión en un proceso electoral. Antes, lo hizo en 1989, 1994 y 1998, y solo ganó en 2002, 2006 y 2022.
Tras jurar y subir a la rampa del Congreso Nacional para discursar, el esculpido en la historia reciente como el mejor presidente del gigante sudamericano tendrá que acometer y resolver graves problemas sociales que hicieron retroceder al país en los últimos cuatro años.
Primeramente, Lula deberá pacificar a una nación dividida desde 2013 entre la agresiva derecha conservadora y la izquierda progresista.
Un reciente ejemplo de violencia política de la ahora derecha opositora lo escenificó el empresario George Washington de Oliveira Sousa, quien intentó explotar el 24 de diciembre una bomba en un área del aeropuerto internacional de Brasilia.
El criminal de 54 años, arrestado con artilugios de guerra, confesó que pretendía perpetrar el atentado mediante el estallido de un camión cisterna de combustible en la posesión de Lula, prevista este domingo.
“Preparado para matar o morir”, afirmó el bolsonarista, acusado de terrorismo y recluido en una cárcel de máxima seguridad cerca del Distrito Federal.
Entre otros retos, Lula además necesitará contar con el apoyo de la mayoría en el Congreso Nacional si quiere aprobar medidas importantes para el desarrollo nacional.
Lo anterior requiere negociar con líderes de los partidos del llamado Centrão (tendencia de centro), que —según analistas—no defienden ideales o banderas, sino intereses.
No obstante, el principal desafío que deberá afrontar el exdirigente sindical gira en torno al aspecto social.
Tras salir del Mapa del Hambre en 2014, Brasil volvió a sufrir con Bolsonaro el azote de ese flagelo y 33,1 millones de ciudadanos, el 15 por ciento de la población, viven sin poder comer, el mismo índice de 1992.
En ningún área logró el saliente mandatario ser tan demoledor como en el tema medioambiental. Con incentivos gubernamentales, desmanteló las agencias de protección climática y permitió que empresas ilegales operaran en los bosques, especialmente en la Amazonia.
Se une a esto la impúdica inflación, el aumento de los precios de los combustibles y la electricidad, el desempleo, la deserción escolar, las altas tasas de interés y las bajas coberturas de vacunación, lo que pone en riesgo el regreso de enfermedades erradicadas como el sarampión, la rubéola y la poliomielitis.
Pletórico de certidumbre para encarar el futuro, Lula prometió que en sus cuatro años de mandato reconstruirá social y económicamente a Brasil, donde el destino sea un lugar placentero para colocar los sueños.
(Tomado de Orbe)
















