Reconocidos epidemiólogos, neumólogos e inmunólogos acuden por todos los medios y en cada oportunidad a advertir a la ciudadanía de los evidentes peligros que entrañan dejar de usar la máscara en locales abiertos, los tradicionales saludos de besos, abrazos y estrechones de manos, así como las reuniones y celebraciones.
Si a ello se suma el lavado frecuente de las manos y otras medidas de higiene y desinfección, sostienen, las posibilidades de contraer el virus se reducen al mínimo y la contención de la epidemia por los servicios de salud se incrementan y consolidan los resultados.
Empero, la tarea no es fácil, pues precisamente el reporte en mayo de determinado control en la propagación del SARS-CoV-2 fue interpretado de manera errónea a tal punto que se realizaron tradicionales fiestas, así como partidos de fútbol con grandes aglomeraciones y contactos físicos.
Solo unos días después se incrementó el número de consultas, se realizaron más pruebas que nunca y la espiral ascendente de nuevos contagiados no para desde hace al menos un mes, con el consecuente abarrotamiento de hospitales, aumento de pacientes conectados a ventiladores mecánicos, así como de fallecimientos.
Ahora, cuando las autoridades estatales intentaron rehabilitar algunas restricciones más drásticas, entre ellas un toque de queda de viernes a lunes sólo en Belgrado, la ciudad más afectada por el rebrote, se produjeron protestas callejeras masivas y sin observar ninguna de las medidas de protección.
Para colmo fueron manipuladas por grupos de diferentes tendencias políticas extremas que provocaron desórdenes, incendios, daño a la propiedad pública y privada, choques entre ellos y enfrentamiento con la policía con la consiguiente secuela de lesionados y detenidos.
Si bien analistas y observadores, así como el presidente de la nación, Aleksandar Vucic, y la primera ministra, Ana Brnabic, insisten en que esas acciones nada tienen que ver con la epidemia, sino con frustraciones políticas y de otra índole, el Covid-19 no entiende de esos razonamientos y sigue cobrando víctimas. En tanto, el personal médico, con señales de agotamiento, observa alarmado cómo se incrementa el número de casos en casi todo el país.
Un epidemiólogo retirado atribuye el comportamiento ciudadano a cierto déficit del sentido de unidad entre los serbios.
Recordó que sólo cuando la agresión de la alianza atlántica (OTAN) en marzo- junio de 1999 vio expresiones masivas de solidaridad y patriotismo ante una situación de tensión y gran peligro.
Por eso lamentó que sus conciudadanos no perciban que hoy se trata, como entonces, de una guerra ante un enemigo muy poderoso y letal, pero invisible, lo cual lo hace mucho más peligroso.
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