Señala que esa resistencia contra ese modelo, al igual que en el resto del hemisferio, ha marcado a Estados Unidos en los últimos 40 años de lucha social y política desde los tiempos de Reagan hasta hoy día, incluyendo olas de protesta y rebelión que siguen protagonizando la batalla fundamental de nuestros tiempos.
Relata el rechazo a las recetas del FMI, la ofensiva antisindical, a anular avances de derechos sociales y económicos de movimientos populares, la lucha trilateral contra el Tlcan y el ALCA, la batalla en Seattle de 1999 sumada al movimiento altermundista y que evolucionó en Ocupa Wall Street junto a huelgas masivas de maestras, enfermeras, industriales y nuevos impulsos sindicales.
Señala que la lucha contra la nueva economía acompañada de expresiones sin precedente por derechos civiles contra el racismo sistémico y los inmigrantes, las mujeres, los indígenas, las armas y las guerras y un renovado movimiento ambientalista, indican que no se puede hablar de Estados Unidos sin también hablar de esa batalla.
Entre las voces más potentes del antineoliberalismo está la del senador socialista democrático Bernie Sanders, durante años uno de los políticos electos más populares del país.
Según un informe del centro Rand Corporation, durante los últimos 40 años la población fue despojada de unos 50 billones de dólares para enriquecer al 1,0 por ciento que conforma el grupo de millonarios. Así de sencillo.
El neoliberalismo y sus efectos detonaron la resistencia masiva por movimientos progresistas, pero también nutrieron y ayudaron a desatar a un peligroso movimiento neofascista encabezado por ahora, pero no sólo, por Donald Trump.
Trump, este fin de semana en un foro político conservador ya en campaña como candidato presidencial otra vez, repitió su mentira eterna de que no perdió la última elección, y dijo en tonos apocalípticos que se postulaba para rescatar al país del desastre que llevan a cabo la gente que odia a Estados Unidos y lo quiere destruir, entre ellos los demócratas, los comunistas y los globalistas, en lo que definió como la batalla final.
Y ofreció su mensaje a sus bases: Yo soy su guerrero, yo soy su justicia. Y para aquellos que han sido agraviados y traicionados: yo soy su retribución. Y prometió: vamos a acabar lo que empezamos”. Entre los que le aplaudieron en ese foro estaba el ex presidente brasileño Jair Bolsonaro, quien también prometió a regresar al poder para expulsar a los comunistas de América Latina.
Este es el gran enfrentamiento nacional que define el momento en Estados Unidos con enormes efectos y consecuencias reales y potenciales más allá de sus fronteras, asegura Brooks en su análisis.
Esta resistencia progresista y los grandes cambios siempre han sido impulsados en parte por y con los inmigrantes y por la relación entre progresistas dentro y fuera de Estados Unidos, desde los indígenas en resistencia hasta las rebeliones de esclavos africanos y sus herederos.
También desde los socialistas, comunistas, anarquistas y otros rebeldes que llegaron en las olas de inmigrantes europeos, asiáticos y latinoamericanos; de México desde los Flores Magón a los zapatistas a los participantes en movimientos de liberación nacional que llegaron aquí para continuar esa lucha en otro frente.
Lo bueno es que estos siempre han logrado saltar muros o escarbar túneles para encontrarse con los suyos al otro lado. Y de eso depende, en parte, el otro Estados Unidos, concluye el enfoque de La Jornada.
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