Sauditas e iraníes son las antípodas regionales con disensos en casi todos los escenarios y Líbano no escapa de ese influjo.
‘Los desarrollos de la región y el diálogo llaman a concentrarse en alejar intereses personales y concretar un gabinete capaz de afrontar la crisis en curso’, precisó un comunicado de Amal.
En desarrollo, hay negociaciones entre Riad y Teherán que implican una merma de las tensiones, todas las cuales afectan de manera directa o indirecta al país de los cedros.
Con una deuda externa de unos 95 mil millones de dólares equivalente a más de 170 por ciento del producto interno bruto, Líbano depende del sector externo para sobrevivir.
Las naciones del Golfo, encabezadas por Arabia Saudita, remitían dinero en grandes cantidades a los bancos libaneses que ofrecían altos intereses y se hacían de la vista gorda sobre el origen de esas fortunas.
Durante esa época dorada, los observadores acuñaron la frase Suiza de Medio Oriente para la nación con costas en el mar Mediterráneo oriental.
Pero la corrupción, el saqueo y la mala gobernanza destruyeron ese esquema, comenzaron a disminuir las remesas y las inversiones y como resultado, en la actualidad hay una escasez notoria de divisas.
En la percepción de los políticos y ciudadanos libaneses, la solución a los problemas nacionales provino del exterior.
‘Irán, Arabia Saudita, Francia, Estados Unidos, si acuerdan una solución entre ellos, se allanará el camino a nuestros problemas’, apuntó a Prensa Latina Ahmed Kerbala, dueño de una tienda de ropas ahora cerrada por la crisis.
Tal es el sentir de una inmensa mayoría de libaneses que ve a líderes sectarios en contradicciones insalvables en la búsqueda de consenso para nominar a una alineación gubernamental.
Y esa situación ocurre en el contexto de la peor crisis económica y financiera del país desde la guerra civil de 1975-1990, agudizada por la pandemia de la Covid-19 y la explosión del puerto capitalino el 4 de agosto de 2020.
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