En una encuesta con mil 200 familias, el Fondo de la Organización de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) comprobó que los niños pertenecientes a uno de cada tres de esos núcleos muestran síntomas de angustia psicológica como resultado de la detonación.
Los adultos aun están en peores condiciones, apuntó el estudio, pues más de 45 por ciento de los consultados reflejaban problemas en su comportamiento de vida.
La explosión del 4 de agosto de 2020 mató a 218 personas, hirió a otras seis mil 500 y destruyó las casas de unas 300 mil.
Desde entonces, Líbano también enfrentó la pandemia de la Covid-19 sumada a la peor crisis económica y financiera en décadas que el Banco Mundial describió como la más aguda en 170 años.
‘Un año después de los trágicos acontecimientos, la vida de los niños sigue muy afectada’, declaró la representante de Unicef en este país, Yukie Mokuo.
A juicio de Mokuo, esas familias lucharon sin oportunidad alguna contra las secuelas de la explosiòn, la pandemia y la difícil situación socioeconómica.
‘Las vidas de los menores están en riesgo ante la escalada de la pobreza, la escasez crisis y la imposibilidad de sus familiares de cubrir necesidades básicas’, indicó la jefa de Unicef Lìbano.
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