El hecho de que la embajadora Greenfield-Thomas sea afroamericana, llevó un mensaje subliminal en los cuatro días que invirtió en sus estancias en Ghana, Mozambique y Kenya.
La campaña tuvo una adición inusitada con la visita a mediados de febrero a Namibia de la primera dama, Jill Biden, tercera representante del gobierno que arriba a África este año, después de Yellen y de Thomas-Greenfield.
En rigor cronológico, la ofensiva tuvo lo que puede considerarse su punto de arrancada durante la cumbre Estados Unidos-África en diciembre pasado a la que asistieron 49 delegaciones del mal llamado continente negro. El cónclave tuvo el propósito manifiesto de relanzar la influencia estadounidense y neutralizar la de Rusia y China en un continente, que Washington considera, de buenas a primeras, como “actor geopolítico clave”.
La afirmación contrasta con la descripción del expresidente Donald Trump, aún recordada en el continente y más allá, quien calificó a los estados africanos como “shit holes”, o mierderos en una traducción noble del despectivo término.
Vistos desde una perspectiva histórica esos buenos propósitos tienen varios agujeros que ponen en dudas sus perspectivas de lograr los objetivos para los que fue diseñada.
Por supuesto resulta improbable que los beneficiarios digan no a las promesas de inversiones, creación de capacidades para estudiantes, ayuda en el candente tema de los desplazados internos y otros beneficios prometidos con insistencia por los visitantes.
El superobjetivo confeso de Washington, neutralizar la influencia de Moscú y Beijing, parece más remoto habida cuenta de la cooperación de la URSS en el primer caso, durante el proceso de descolonización del continente que en ocasiones demandó el recurso de las armas para librarse de las metrópolis.
Valga la digresión: en ese camino la Organización del Tratado del Atlántico Norte, ente el cual el liderazgo estadounidense es incuestionable, desempeñó un papel adverso a los nacionalistas africanos que, desde perspectivas ideológicas diferentes, pugnaron por librarse de la sujeción a que estaban sometidos.
Esa es otra sombra que se tiende sobre la ofensiva es el apoyo que brindó durante años a la Sudáfrica del apartheid y a su dominio sobre la vecina Namibia, por cierto la primera escala de Jill Biden en su safari africano.
Casos de manual en ese sentido fueron los de Angola y Mozambique, decisivos para impedir la influencia hegemónica que el régimen de minoría blanca trató de imponer en el cono sur del continente con el beneplácito y apoyo diplomático de Washington y de las potencias occidentales.
El proceso que permitió a la mayoría negra sudafricana llegar al poder fue largo y tortuoso y no resultó más desgarrador y catastrófico por obra y gracia de la sabiduría política de la que hizo gala el extinto Nelson Mandela, madurado durante sus casi seis lustros de presidio político.
En términos de la actualidad un gran adversario de los planes de Washington es el proyecto de la Franja y la Ruta de Seda, propugnado por China, al que los estrategas del Departamento de Estado cometieron el craso error de desestimar en sus inicios y solo percatarse de su impacto cuando ya es un hecho.
El programa de Beijing, junto a inversiones multimillonarias, incluye la formación de personal nativo calificado, como en el caso del ferrocarril Addis Abeba-Djibouti , el cual además soluciona un problema de infraestructura que parecía imposible y amplía las perspectivas económicas de ambos países.
En el caso de Rusia, resaltan las declaraciones de su canciller, Sergei Lavrov, quien vísperas de emprender sendos recorridos por países africanos a principios de este año recordó la ayuda soviética a los procesos de liberación, criticada con acritud en su momento tanto en Washington y las exmetrópolis europeas.
Pruebas de que esa influencia permanece son las recientes decisiones de los gobiernos de Mali y Burkina Faso de decretar la evacuación de las tropas francesas y acudir a los servicios del grupo ruso Wagner para combatir a los movimientos islamistas.
Es por ello que, a despecho de los lazos que puedan anudar los visitantes llegados desde América, las presencias de China y Rusia parecen sólidas y difíciles de desarraigar en un futuro previsible.
Y es que, después de todo, África tal vez perdone, pero no olvida.
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