Junto al pan árabe, este aderezo constituye la fórmula ideal para el llamado picoteo o para acompañar ensaladas y verduras durante la cena. En su versión industrial existen numerosas opciones a base de lentejas, remolacha o pesto, aunque ninguna supera la de garbanzo.
Popular en todo Medio Oriente, el hummus tiene su origen en la antigüedad egipcia y cada cocinero ofrece una variante distinta en dependencia del lugar donde vive, la costumbre y la ocasión.
En tiempos de la peor crisis económica y el alto costo de los alimentos en el país, la propuesta de garbanzo es recurrente en la mesa por su simple preparación doméstica, pues la receta básica incluye zumo de limón, tahina (pasta de sésamo) y aceite de oliva.
De acuerdo con el gusto y la creatividad, pueden añadirse otros ingredientes como yogurt natural, ajo, pimentón, aceitunas, perejil y comino en polvo.
Su presentación se hace en una fuente a modo de pozo profundo y el toque distintivo es rellenar ese hoyo con un chorro del referido aceite.
Para el disfrute en cualquier momento del día, el hummus no sabría igual sin el pan árabe, ya sea ligeramente tostado o templado. Tal combinación satisface de la forma más simple el paladar y a la vez permite saborear una opción saludable, ya que aporta proteínas, vitaminas C y B6, hierro y magnesio, elementos imprescindibles en las dietas vegetarianas y veganas.
La receta libanesa ofrece un equilibrio entre la frescura de lo mejor de la cocina árabe y el toque de elegancia del arte culinario francés.
Su industrialización presenta una variedad de formatos y precios; no obstante, para aliviar una economía familiar de salario mínimo inferior a los 25 dólares al mes, es habitual la elaboración en los hogares.
Muy de cerca, la tradición culinaria libanesa recibe la influencia siria y turca. Como el hummus, el tabbouleh, el shawarma o el fattoush son apetecidos platos para todo aquel que llegue desde el otro lado del Mediterráneo.
(Tomado de Orbe)

















