A juicio de los observadores se profundizarán las crecientes escisiones alimentadas desde la invasión y ocupación estadounidense en 2003.
Tras la permanencia militar de una coalición internacional, liderada por Estados Unidos, aumentaron las contradicciones dentro del mayoritario grupo confesional musulmán chiita.
Unos apoyan un acercamiento con Irán y otros lo rechazan, mientras que una minoría islámica sunita aboga por mantener vínculos sólidos con Washington.
Los activistas que salieron en protesta en 2019 están divididos, pues algunos apoyan un boicot y otros la participación.
Los chiitas del sur de Iraq y los sunitas en el norte, describen al país de fracturado como nunca antes con políticos, grupos armados y comunidades en contraposición entre sí.
Para los más optimistas, Iraq avanzó en términos de democracia y aspiran a que el ejercicio comicial adelantado seis meses de su fecha inicial propiciará, con una nueva ley, la candidatura de los independientes entre un marasmo de 167 partidos postulados.
Esa opinión elude la presencia de un violento sectarismo, aunque hay una percepción de mejoría en la seguridad para las votaciones con respecto a versiones anteriores.
En opinión del ciudadano iraquí común, diplomáticos y analistas, se desarrollará una competencia dominada por agrupaciones armadas con control sobre órganos y recursos estatales, e incluso anticipan el uso de su fuerza para prevalecer.
Hay opiniones respecto a que el resentimiento popular por la corrupción y la falta de servicios públicos, agudizadas a lo largo de 18 años, podría favorecer a los extremistas o a otro éxodo masivo.
Los resultados de la votación, aseguran los expertos, marcarán la pauta para los próximos años en cuanto a si los grupos armados se apuntan entre sí o reparten pacíficamente el botín.
Las elecciones iraquíes pondrán en juego 329 escaños con cuotas para el sector femenino y etnias minoritarias.
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